sábado , 25 junio 2022
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Homilía Domingo de Ramos: Victoria

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El domingo de Ramos tiene características propias. Este día de Ramos es domingo, y, por ende, se conmemora, como todos los domingos, la Resurrección del Señor. Sin embargo, la dinámica de la celebración tiene una nota muy particular: la bendición y la procesión con las palmas.

Esa procesión, que un servidor encabeza en la Diócesis, inicia en el ex-templo de San José, para de allí dirigirnos a la Iglesia Catedral de Campeche. Es una procesión con una aclamación ante la victoria del Señor.

La nota particular del Domingo de Ramos es que la victoria se obtiene a través del sufrimiento. Las palmas y los ramos, signos populares de victoria, manifiestan que la muerte en la cruz es camino de vencimiento, puesto que en la misma cruz, Jesús destruyó a la muerte.

Hay que subrayar que la procesión litúrgica no tiene simplemente la finalidad de ‘recordar’ un hecho histórico pasado, sino de hacer una profesión de fe, en que la cruz y la muerte son victoria.

Vale bien la pena repasar las magníficas reflexiones que el san Juan Pablo II escribió en torno a la realidad humana del dolor. Afirma el Papa: el dolor cristiano, a la luz de la fe, es salvífico y redentor, pues es oblativo.

En nuestras familias existe la tradición de guardar y conservar los ramos benditos el día de Ramos. La razón no es sólo tener esos “objetos benditos”; sino, más bien, ellos son un signo fehaciente de aclamación que el Señor ha vencido la muerte.

 

A LA VICTORIA SE VA POR LA PASIÓN

Fijando, ahora nuestra mirada en el evangelio de Marcos 11,1-10 leemos que los discípulos obedecen a Jesús,  y preparan cuidadosamente el burrito que ha de llevar al Mesías Rey.

Mucha gente está con los apóstoles. Todos suben a Jerusalén. Se acerca la gran fiesta pascual. La multitud prorrumpe en un canto de alabanza a Dios. Es la ocasión para el triunfo del discipulado: entronizan a Jesús sobre el asno. La gente les sigue.

Es una marcha triunfal. Similar a la algarabía que forman los fanáticos cuando su equipo favorito (o su selección nacional) gana una competido campeonato. Jesús se deja celebrar.

Parecería que ha vencido, por fin, la estrategia del poder. La misma que propuso Pedro (Mc 8,32) y la que anhelaban los dos hijos del Zebedeo (Mc 10,35-37), quienes deseaban “un hueso” a lado de Jesús.

Los discípulos han conseguido que la gente se congregue en multitudes, y que se despierte el entusiasmo mesiánico latente. La gente canta y se expresa con júbilo. Acompaña a Jesús y proclama el Reino: “Hosanna. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas”.

Todos están contentos. Han logrado, parecería, disuadir al mismo Jesús de sus palabras ‘desconsoladoras’ de su entrega, de su pasión, de su muerte.

Jesús entra en medio de la multitud que lo aclama. Monta sobre una bestia humilde de carga. Va ataviado como rey. No porta, empero, armas. Es un mesías pacífico, sin defensas militares.

Llama la atención que ante tanta turbulencia en la Ciudad de Jerusalén, las autoridades callan. No se dejan ver ni los escribas, ni los ancianos, ni el procurador romano, ni Herodes.

Ese silencio del poder se eleva como un presagio fatal ante la entrada de  Jesús. Mientras el pueblo canta bendiciendo al que viene en nombre de Dios (Salmo 118) y anunciando que el Reino ha llegado, las autoridades callan, porque hablarán de muerte, y lo harán así.

¡Vivamos con pasión la Semana Santa!

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