domingo , 4 diciembre 2022
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Homilía, domingo 8 de marzo



POR UN CULTO VIVO Y SENCILLO

La actitud de Jesús en la purificación del Templo aparece en la narración de san Juan 2,13-25 como una acción profética. Jesús emerge como el Profeta que denuncia la profanación de la casa de Dios.

Ya el profeta Jeremías, anteriormente, había denunciado la corrupción de la vida religiosa de su tiempo en torno a la actividad cúltica del templo. El profeta enfatizó que el templo se había convertido en “una cueva de ladrones” (Jer 7,11).

Jesús entra en el templo. El templo de Jerusalén tenía varias zonas. La más sagrada era el Sancta Sanctorum (Santo de los Santos), donde sólo el sumo sacerdote podía acceder una vez al año. Otra zona era exclusiva para los judíos. Y la más general, el atrio de los gentiles.

El templo era tan sagrado, que los maestros (rabinos) recomendaban enfáticamente no subir con bastón, o llevando sandalias o la bolsa, ni aún polvo en los pies.

Si embargo, como suele suceder, estas medidas preventivas de la santidad del templo no venían respetadas del todo, pues se llegaba a verdaderas profanaciones en el recinto sagrado, como lo confirma en texto bíblico.

La Ley judía mandaba que, con ocasión de la fiesta de la Pascua, todo israelita debería ofrecer un sacrificio. Si la persona gozaba de buena economía, el sacrificio ofrecido consistía en un buey o una oveja; empero, si era pobre, entonces una paloma (cf. Lev 5,7; 17,3).

Además, los mayores de 20 años debían aportar un cantidad al templo (medio siclo), como lo señalan Nehemías 10,33-35 y Mateo 17,23s. El pago se recibía sólo en moneda del templo, no en moneda romana. Por eso, eran necesarios los cambistas.

Los encargados del templo, por esa razón, habían permitido instalarse a cambistas y vendedores de animales en el lugar santo, para facilitar el cumplimiento de la Ley a los peregrinos. 

Y como sucede en muchos mercados, más aún de aquella época, el cuadro se volvió deplorable: balidos de ovejas, mugido de bueyes, estiércol de animales, disputas, regateos, altercados entre los vendedores, etc. 

Así pues, el recinto del templo se convirtió en un mercado. Pero eso se toleraba, porque era una buena fuente de ingresos.

   EL CELO DE DIOS APASIONA Y CONSUME

 Cristo, al ver aquel espectáculo, hizo de las cuerdas, con que ataban a los animales, varios látigos unidos a un haz. Con lo látigos ahuyentó a los profanadores.

La acción que hace Jesús, echarlos del templo y tirar las mesas al suelo, era necesaria, según la narración evangélica, aunque no nos reporta la motivación. Sin embargo, que detrás de la narración se encuentra el texto de Zacarías 14,21, quien avizoraba un tiempo ideal para el templo, donde todo sería santo y no habría ningún mercader.

     Los discípulos, llenos de estupor, se acordaron de las palabras del Salmo 69,10: “El celo de tu casa me devora”. Estas palabras sugieren un celo interior que le consume por la gloria de Dios.

Es muy probable que en el pensamiento del evangelista Juan, esa frase del Salmo sea un anuncio de la pasión de Cristo, pues el verbo “devorar”, puede también entenderse como “consumir”; y entonces, la frase sería: “El celo de tu casa me consume”.

Y es, precisamente, por ese celo de la gloria de Dios la descrita actuación mesiánica de Jesús. Y por ese apasionamiento por la Casa de Dios, será la causa de su muerte. 

 

¡Vivamos la conversión cuaresmal!

 

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