sábado , 1 octubre 2022
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Homilía, domingo 18 de octubre

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Ser discípulo en misión

Conmemoramos el Domingo Mundial de las Misiones. El tercer domingo de octubre recordamos que la Iglesia tiene como misión evangelizar. El contenido de la misión es el Evangelio, la Buena Nueva.

Todo lo bueno tiende por sí mismo a comunicarse. El Papa Francisco lo escribe así: “El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de  verdad y de belleza busca por sí misma su expansión… comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla” (EG 9).

Como fundamento bíblico inmediato de la misión, encontramos el envío de los 72 discípulos que Jesús mismo manda: Vayan, de dos en dos, a todas las ciudades y sitios (cf. Lc 10,1s). Por el número simbólico de 72, se alude a la misión universal de la Iglesia de hacer presente el Evangelio.

La Iglesia entera ha sido enviada a evangelizar, y el mundo entero es su campo de misión. Llevar el Evangelio a otros nos ayuda a reconocer que la fe es como el agua viva, que para dar vida debe correr.

La misión confiada a los discípulos es ajena a cualquier dejo de poder o de dominio. El mayor gozo y la más excelsa alegría del misionero es saber “que su nombre está inscrito en los Cielos” (Lc 10,19s).

La Iglesia que nace del mensaje de Jesús y que se desarrolla a la luz de la progresiva comprensión de sus enseñanzas que consigue gracias a la asistencia del Espíritu Santo. Es la Iglesia que camina, que peregrina, que es itinerante, que está en los caminos, que sale a los cruces, que se aventura a las periferias físicas y sociales.

El hacer misión, para Iglesia es un “salir” de sus propios límites para ir al encuentro de todos. La misión no es un estado inicial ni provisional, sino que es un estado permanente.

Los bautizados siempre deben estar en la dinámica de “éxodo” y del don, del salir de sí, del caminar y sembrar siempre de nuevo. La misión reclama una entrega generosa.

Ser misionero no es adoptar una actitud de meros funcionarios, ni tampoco de autómatas acostumbrados al activismo. La misión es consecuencia de haber encontrado a Cristo, de manera espiritual, personal y comunitaria. De ese encuentro se deriva la identidad del discípulo, que a su vez, lo vuelve misionero.

Con este presupuesto, la misión debe fijar su preocupación más en los frutos que en los resultados. La misión debe volver al discípulo-misionero no sólo contento con lo que hace, sino también permanentemente volverse transparente y bien intencionado.

Un poco de datos estadísticos globales

En la Iglesia católica existen casi 3,000 diócesis. Los obispos diseminados en los cinco Continentes asciende a 5,200. El número de sacerdotes, 415 mil, ha ido aumentando discretamente.

A partir del Concilio Vaticano II (1962-1965) se rescató la figura del Diácono permanente. En la Diócesis de Campeche han recibido la ordenación 9 diáconos. En el mundo hay 40 mil.

Los religiosos y religiosas pasan de los 720 mil. Miembros de Institutos Seculares son 27 mil. Por otro lado, los misioneros laicos y catequistas registrados son casi 3’200,000.

En cuanto a los jóvenes que cursan alguna etapa del Seminario son: 119 mil en la etapa de Seminario Mayor y 103 mil en el Seminario Menor.

Por último, hagamos presente la motivación de san Pablo: “Dios quiere que todos los hombres se salven, y lleguen al conocimiento de la Verdad” (1Tim 2,4).

¡Danos, Señor, pasión por la misión!

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