domingo , 4 diciembre 2022
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Homilía, domingo 15 de marzo 



Jesús nos ama para salvarnos 

Este texto del evangelio nos reporta la afirmación más clara y la más terminante de le presencia de Jesús en el mundo. Dice san Juan: “Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”

Por ese amor del Padre, Jesús vive la Encarnación en el seno de la Virgen María. Asume en todo la naturaleza humana, los sufrimientos, los cansancios, el hambre, la persecución, la traición, la flagelación, etc.  

Su amor es tal, que el momento de su glorificación va a ser en la crucifixión. Porque nadie tiene más amor por la persona amada, que quien es capaz de dar la propia vida en sacrificio. 

San Pablo reconoce esa característica, muy propia de Dios: la misericordia. Y en la Carta a los Efesios, el Apóstol de las Gentes lo reafirma: “La misericordia y el amor de Dios son muy grandes”. 

Su amor reconciliador y misericordioso, hace que el pecado, que invariablemente nos lleva a la muerte, sea cancelado, y, entonces, podamos abrazarnos a la vida integral y sustentable con Cristo y en Cristo. 

Ese acto sostenido de amor tiene una finalidad: la salvación del mundo, y para que los hombres no muramos, sino que tengamos vida plena y verdadera. No un  remedo de vida: mediocre, mediana, gris, infeliz. 

A propósito del amor con que podemos corresponder a Dios y a su maravillosa creación, oigamos las palabras meditativas de San Agustín: “Cuando mi corazón, Dios mío, sea bastante grande para amarte, entonces amaré contigo a las demás cosas; pero ya que mi corazón será siempre demasiado pequeño para Ti, ya que eres infinitamente amable, no amaré jamás otra cosa fuera de Ti”. 

El que cree vive en la luz 

El que cree en Jesús no será condenado. Pero quién no crea, queda condenado. Jesús lo dice así, porque la incredulidad misma, sin arrepentimiento, es ya un castigo. Estar ya fuera de la luz, de por sí, es ya no una pequeña pena. 

Podemos hacer una comparación. Así como un homicida, aunque no sea condenado por la sentencia de un juez, su misma conciencia ya lo ha condenado por no respetar la vida; así también, el incrédulo, su misma sed y necesidad de trascendencia lo hace sentir un vacío y un nihilismo atormentador.  

El evangelio de Juan (3,14-21) asevera que la causa de la condenación es que habiendo llegado la Luz al mundo, nosotros hayamos preferido quedarnos escondidos en el reino de las tinieblas; esa afirmación está en estrecha relación con las obras que realizamos. 

Al respecto, Juan Crisóstomo comenta: “Quien falto de luz permanece sentado en las tinieblas, quizá alcance perdón; pero quien a pesar de haber llegado la luz, permanece sentado en las tinieblas, da pruebas de una voluntad perversa y contumaz”. 

Como lo podemos entrever en las distintas narraciones evangélicas, ciertamente no vino Cristo a condenar ni a pedir cuentas, sino a dar el perdón de los pecados y a donarnos la salvación mediante la fe. 

Es por eso, que a lo largo de su actividad pastoral, a Jesús se le acercaron muchos pecadores y publicanos, y en Cristo encontraron alivio a sus remordimientos y tristezas. La Luz brillante vence las tinieblas. 

Por último, una acertada recomendación de Juan Crisóstomo para esta semana de Cuaresma: “Quien anda tras de la vanagloria, ya sea que ejercite el ayuno o la oración o la limosna, pierde toda la recompensa”. 

 

¡Viva la fe en las familias!

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