lunes , 28 noviembre 2022
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Homilía, domingo 1 de marzo

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Transfiguración: experiencia vocacional

La fiesta de la Transfiguración es muy antigua. Fue el Papa Calixto III quien la extendió a todo el mundo cristiano en 1457, para celebrar la victoria cristiana en Belgrado contra Mahomet II.

La Transfiguración es una escena divina, de gran gozo. Ella anticipa la pasión, muerte y, sobre todo, la resurrección de Jesús. Es, en otras palabras, una escena pascual, proyectada sobre el camino de la historia de Jesús.

La vida cristiana es un camino al Cielo. Pero es una vía que se pasa a través de la cruz, del sacrificio, de la renuncia al egoísmo.

Sin una experiencia pascual, no existe discipulado. Sin un Cristo glorioso en la montaña, sin el gozo de verle allí cumpliendo todo lo anunciado (Moisés y Elías) carece de sentido su llamada discipular.

Jesús se transfigura. Es el mismo que va camino hacia la cruz. La escena de gloria no es negación de la realidad de la muerte.

Los discípulos quieren hacer tres tiendas, y quedarse en la gloria para siempre. Quieren, en otras palabras, detener la historia en un gesto de glorificación anticipada de su vida en medio de la tierra.

Pero, ese deseo de hallarse en gloria y no sufrir es simplemente un sueño. La Voz de la verdad (el Padre) les sacude; les despierta y les invita a escuchar a Jesús y seguirle en el camino concreto de muerte por el Reino.

Dios Padre, la Voz, llama a Jesús Hijo. Ella nos recuerda la narración del Bautismo (1,9-11). Pero éste no es propiamente el Bautismo de Jesús, sino de sus discípulos. Ellos sólo aprenderán a seguir a Cristo en el camino de la cruz.

A LA GLORIA A TRAVÉS DE LA CRUZ
Sólo, en la medida que los discípulos de Jesús lo sigan por el camino de la muerte; es decir, de la entrega gozosa y generosa de la propia vida; entonces, la Voz del Padre se les manifestará.

La Transfiguración es, pues, una especie de fortalecimiento vocacional para los discípulos, simbolizados en Pedro, Santiago y Juan. Ellos han sido introducidos en el Monte Tabor, el monte de la paradoja, donde se debe aprender el camino de la entrega para apreciar y contemplar la escena de gloria.

No es gloria sólo esperada (cuando todo mal se acabe) ni evasiva (como si no hubiera desgracias). Es la gloria crucificada.

Las autoridades oficiales y sagradas de Jerusalén (escribas-sacerdotes-ancianos) van a condenar a Jesús en nombre de Dios (cf. Mc 8,31). Pues bien, ese mismo Dios avala a Jesús llamándole su Hijo, y así lo reconocen los representantes verdaderos de Israel (Moisés y Elías).

Cristo rechaza la visión triunfalista de sus contemporáneos. Subraya, en cambio, su realidad de Hijo del Hombre. Pedro representa esa visión triunfalista. Él quiere fijar el momento de la belleza, de la luz; y hacer caso omiso a los momentos de tiniebla, de dificultad y de muerte.

Puede ser que Marcos se haya inspirado en la subida de Moisés a la montaña (Ex 24) para la narración de la Transfiguración. La mención de Elías, el profeta de los profetas, es para afirmar que Jesús, personaje principal de este acontecimiento, es superior a todos los personajes del Antiguo Testamento. De ello son testigos la Ley (Moisés) y los profetas (Elías).

Finalmente, unas palabras del beato Pablo VI: “El cristianismo no puede dispensarse de la cruz. La vida cristiana no es posible sin el peso fuerte y grande del deber. Si tratásemos de quitarle esto a nuestra vida, nos crearíamos ilusiones y debilitaríamos el cristianismo; lo habríamos transformado en una interpretación muelle y cómoda de la vida” (8 abril 1966).

¡Ánimo en el camino cuaresmal!

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