domingo , 22 julio 2018
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Homilía, domingo 27 de noviembre

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ADVIENTO: TIEMPO DE VIGILANTE ESPERA

Con regocijo, alegría y profunda gratitud, hemos clausurado el Año de la Misericordia. Fue un año cargado de reflexiones, acciones y experiencias, en donde la característica propia de Dios, la misericordia, estuvo como faro luminoso iluminando nuestro ser y quehacer de Iglesia.

Y, ¿ahora qué? Si ya se acabó el Año de la Misericordia, ¿ya se va a sepultar la misericordia misma? ¡Claro que no! Y de nuevo, es el Papa quien nos sorprende. Apenas clausurado el Año, firmó una Carta intitulada en latín “Mesericordia e misera”.

Entre los puntos que el Papa expone, en citado documento, están: Continúan los sacerdotes “misioneros de la misericordia”, para atender causas reservadas a la Santa Sede; los sacerdotes gozan de la facultad de absolver pecados reservados, hasta que se diga lo contrario, como el aborto; se deben fomentar aún las jornadas de penitencia y oración (las llamadas “24 horas con el Señor”); y se instituye, una novedad, la Jornada Mundial del Pobre.

Después de hacer mención de lo anterior, pongamos nuestra atención en el nuevo año litúrgico que estamos comenzando. Así es, en efecto, con el I Domingo de Adviento se inicia el Ciclo A.

Cabe mencionar que el adviento (cuatro semanas), que invita a la preparación, al deseo, a la esperanza de la llegada de Jesús, el Rey de Reyes. Es un tiempo que nos permite saborear aquello que dice el Salmo: ¡Bendito el que viene en el Nombre del Señor! Y quién más bendito que el “fruto bendito” del vientre santísimo de la Virgen María; es decir, Jesús.

En la 2ª Lectura de hoy (Rom 13,11-14), san Pablo nos propone una manera de cómo vivir este tiempo de gracia. Primero: observar el tiempo en qué vivimos. Segundo: Despertar del sueño, anticipo de la muerte, y estar alertas y vigilantes. Tercero, dejar las obras del mal, para ceñirnos de las armas de la luz.

Por eso, el comportamiento cristiano debe dejar todo exceso, que lleve a crecer la pasión y favorezca el decrecimiento de la razón. Demos la voz a Pablo: “Nada de comilonas, ni de borracheras, nada de lujurias ni desenfrenos, nada de pleitos ni de envidias”.

CORONA DE ADVIENTO

La corona de adviento comenzó a difundirse entre los alemanes (católicos y no católicos), desde el Siglo XVI. Si bien, aún antes que se difundiera la fe cristiana en esas tierras germanas, los pueblos de la zona recolectaban coronas de ramas verdes durante el crudo invierno, y encendían fuego como señal de esperanza. Con ese signo anticipaban la llegada de la primavera.

La corona de adviento encierra varios simbolismos en los elementos que la componen. Mencionamos algunos. Por ejemplo, la corona es de forma circular. Ello hace referencia al amor de Dios, que no tiene principio ni fin. Y nos recuerda, que nuestro amor al prójimo deme ser similar.

También, la corona lleva ramas verdes. Ello representa la esperanza y la vida. Dios quiere que anhelemos su gracia, que esperemos su perdón, para así llegar a una vida más estrecha de comunión con Él.

La corona lleva, además, cuatro velas. Tres velas son de color violáceo; y la otra de color rosado. Sabemos que el pecado es tiniebla, oscuridad, cegazón. Dios nos da la Luz (Jesús), que ilumina a todo ser humano y a todo el universo. Él es co-creador y salvador universal, de los visible y de lo invisible. Cada vez que encendemos una vela, sentimos más cercana la presencia de Jesús a nuestro mundo. La Luz vence la tiniebla.

Otro elemento que se pone en la corona es las manzanas o bolas rojas. Ello representa los frutos del jardín del Edén, que sedujeron a Adán y Eva. Y por ese motivo, nuestros primeros padres recibieron la misericordia del Dios y la promesa de un Salvador.

¡Señor, danos tu salvación!