jueves , 14 diciembre 2017
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Homilía, domingo 25 de enero

imageEl Reino de Dios viene a nosotros

Jesús viene a Galilea, su región de origen. Ha dejado el desierto, lugar de retiro, de penitencia y de soledad, y donde el demonio se acerca para tentarlo. En esos parajes, Juan el Bautista anuncia la conversión.

Jesús viene y proclama el Evangelio de Dios. Juan el Bautista se había centrado en el problema del pecado y ofrecía sólo el agua de la conversión en el desierto: no tenía un proyecto de vida, no podía venir hasta el lugar donde habitaban los hombres y mujeres para transformarlos con la gracia de Dios.

Juan era un hombre “separado”, en el sentido estricto de la palabra. Se había retirado al desierto. Allí moraba y comía, lo poco que encontraba (miel silvestre y bichos).

Jesús, por otro lado, es un hombre “vinculado” a los demás. Viene a Galilea, donde sufren y esperan los humanos, donde trabajan y conviven. A ellos, les ofrece el Evangelio de Dios.

Podemos dividir en cuatro puntos la predicación inicial de Jesús en el Evangelio de san Marcos (1,14-15):

Se ha acercado el reino de Dios. Este es el principio motor del Evangelio. La solución de los problemas que nos amenazan no depende simplemente de los hombres. Ellos no producen la salvación con sus obras, acciones o preocupaciones. El cambio social o personal tiene como antecedente la existencia de Dios. Él es quien ofrece su Reino y, por consiguiente, su señorío salvador para todos los hombres.

Se ha cumplido el tiempo. Con Juan era el tiempo de la conversión penitencial. Ahora, con Jesús nos encontramos al otro lado de la historia. El tiempo de salvación (kairós) ha llegado. Él nos ofrece un nuevo nacimiento; Dios nos hace ser herederos y testigos de su gracia.

Crean en el Evangelio: Frente a los principios viejos de la historia (batallas, pleitos, estrategias de poder), Jesús nos pone ante el principio de la fe. No se trata de creer en cualquier cosa, en ejercicio simple del auto engaño, sino creer en el Evangelio, en la buena nueva de Dios que ama a los hombres. Aceptar el don de Dios, el Evangelio, es un nuevo renacer; es reconocerse amado, y allí estriba el poder del Evangelio de Dios en nuestra vida.

Conviértanse: La conversión es nacer de nuevo por la fe en el Dios del reino y dejar que Jesús transforme nuestra vida. Dios nos quiere convertidos, de tal manera, que seamos creaturas nuevas.

LA CONVERSIÓN TRAE VIDA NUEVA

Los cuatro momentos del mensaje de Jesús se implican mutuamente: hay un Dios, que viene como Evangelio; por eso, transforma por sí mismo con su gracia santificante. Su poder es tal, que logra transformarnos en mejores humanos.

Jesús no se limita a predicar el mensaje, sino que lo irá expandiendo y realizando como vida, con sus palabras y con sus hechos.

Adelantándonos a la narración misma de san Marcos, veremos que a lo largo del Evangelio descubriremos que Jesús y Evangelio son los mismo (cf. 8,35; 10,29). De una manera muy clara lo vemos en el proceso de su entrega y muerte (cf. 14,9).

La verdadera conversión trae vida nueva. Esa novedad hace revalorizar lo temporal y exaltar lo permanente. Así lo reflexiona san Pablo en 1ª Cor 7: los casados vivan cono si no lo estuvieran; los que sufren, como si no sufrieran; los que compran, como si no comparara; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran.

La razón de ese criterio y que es moraleja final: porque este mundo que vemos es pasajero.

¡Cultivemos la vida en familia!