jueves , 14 diciembre 2017
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Homilía, domingo 14 de mayo

En el Evangelio de hoy, nuestro Señor Jesucristo nos da la que tal vez sea la definición más completa y profunda que Él hizo de Sí mismo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

  Los Apóstoles, sin lograr entender mucho de lo que les decía, estaban  preocupados.  Y el Señor los tranquilizaba diciéndo: “En la Casa de Mi Padre hay muchas habitaciones … Me voy a prepararles un lugar … Volveré y los llevaré conmigo, para que donde Yo esté, también estén ustedes.  Y ya saben el Camino para llegar al lugar donde Yo voy” (Jn. 14, 1-12).”

Tomás, el que le costaba creer, le replica: “Señor, si ni siquiera sabemos a dónde vas ¿cómo podemos saber el camino?”, a lo que Jesús le responde: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Efectivamente, Jesús iba a morir, resucitar y ascender al Cielo; es decir, se iba a la Casa del Padre.  Y a ese sitio desea llevarnos a cada uno de nosotros, para que estemos donde Él está. “Nadie va al Padre si no es por Mí”

Es nuestro camino al Cielo.  Es el camino que hemos de recorrer durante esta vida terrena para llegar a la Vida Eterna, para llegar a la Casa del Padre, donde Él está.

Jesús mismo es el Camino. Significa que en todo debemos imitarlo a Él.  Significa que ese Camino pasa por Él. Es seguir sólo la Voluntad del Padre.  Ese fue el Camino de Jesucristo.  Ese es nuestro Camino.

 “Ancho es el camino que conduce a la perdición y muchos   entran por ahí; estrecho es el camino que conduce a la salvación, y son pocos los que dan con él”  (Mt. 7, 13-14). 

¿Fácil o difícil es el camino?  Ningún recorrido, por más difícil que parezca, realmente lo es, si vamos con Dios. “Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga” (Lc. 9, 23). No vamos solos. 

En la Primera Lectura (Hech. 6, 1-7) se nos relata la institución de los primeros Ministerios en la Iglesia. Los Apóstoles decidieron delegar en “siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría” el servicio a los pobres de las comunidades de manera que ellos pudieran dedicarse mejor “a la oración y al servicio de la palabra”.

Y respecto de esos “Ministerios” el Concilio Vaticano II nos indica que, no sólo los Sacerdotes, Religiosos y Religiosas tienen funciones, sino que también los Laicos pueden y deben realizar funciones de servicio en la Iglesia.  Y este derecho le viene a los Seglares del simple hecho de ser bautizados, pues el   Sacramento del Bautismo los hace “participar en el Sacerdocio regio de Cristo” (LG 26). 

Y el Concilio basa esa solemne declaración en la Segunda Lectura de hoy, tomada de la Primera Carta de San Pedro (1 Pe. 2, 4-9).   En el Documento sobre el Apostolado Seglar (AA 3) el Concilio explica lo que significa hoy para nosotros esta Segunda Lectura:

1.      El Apostolado y el servicio de los Seglares dentro de la Iglesia es un derecho y es un deber.

2.      Por el Bautismo los Laicos forman parte del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y por la Confirmación son fortalecidos por el Espíritu Santo y enviados por el Señor a realizar la Evangelización, así como a ejercer funciones de servicio dentro de la misma Iglesia.  

El Concilio nos habla de derecho y de deber, pues la misión de evangelizar es obligatoria, no es optativa. Esto es más apremiante hoy.  ¿Por qué?  Porque desde Juan Pablo II se está llamando a todos, Sacerdotes y Laicos, a realizar la Nueva Evangelización.

Y ¿por qué hace falta una Nueva Evangelización? porque la Fe y la pertenencia real a la Iglesia está en niveles críticos, significa que la gente no está siguiendo el camino que Jesús nos dejó señalado, el camino para llegar al Padre, para llegar al Cielo donde cada uno tiene un sitio preparado por el mismo Jesús.

La gente está en riesgo de no llegar al cielo; pero esto no parece importarle  a casi nadie.  ¿Sabe la gente para qué fue creada, hacia dónde va, qué sucede después de esta vida, qué opciones hay al morir? 

No hay negocio más importante que ganar la Vida Eterna.  ¿Quién lo sabe?  ¿Quién se da cuenta?  ¿Quién actúa de acuerdo a esto?

Por ello, hay que evangelizar.  Y ¿qué es evangelizar?  Es llevarle la Buena Nueva de salvación a toda persona que quiera escucharla:   Dios nos envió a su Hijo Único para salvarnos, para abrirnos las puertas del Cielo. Evangelizar es deber de todos, y es urgente.

Sin embargo, a pesar de toda la grandeza y significación que tiene el hecho de que los Seglares participen del Sacerdocio de Cristo, hay que tener en cuenta que hay una distancia considerable entre la función de un Sacerdote consagrado por el Sacramento del Orden Sacerdotal y la función evangelizadora de un laico -inclusive si éste es un Ministro Laico instituido para ejercer algún tipo de función dentro de la Iglesia. 

Pero es así como, a través de clérigos y laicos“el Señor -como hemos repetido en el Salmo (32)- “cuida de los que le temen”, cuida de cada uno de nosotros.