lunes , 17 diciembre 2018
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Homilía, domingo 12 de noviembre

LA VIGILANTE ESPERA DEL AMOR

Nos acercamos al final del año litúrgico. Eso lo notamos en la tonalidad de los evangelios. Nos llevan ellos a considerar y tener presente “los últimos tiempos”, a traer a nuestra reflexión la venida del Señor.

Pocas veces, las mujeres son protagonistas de las parábolas. De manera somera podemos recordar cuatro: las diez vírgenes, la levadura que fermenta la masa, la moneda perdida y la viuda ante el juez inicuo.

La presente parábola (Mt 25,1-13) parte en dos el número de diez vírgenes: cinco son previsoras y prudentes. Ellas demuestran sensatez, porque están vigilantes y preparadas, para recibir al esposo en cualquier momento. Estas cinco vírgenes prudentes nos advierten, que no asistir a esta cita de amor, priva de sentido toda la existencia.

En contraste, las otras cinco manifiestan notable indolencia, descuido. En su necedad y falta de vigilancia, se quedan dormidas.  El fondo de la parábola quiere mostrar la actitud del verdadero discípulo. El genuino seguidor del Señor está atento, con la puerta abierta, siempre en disponibilidad de acoger al Señor en la casa de su corazón.

Cabe recordar que la comparación matrimonial es común para expresar el amor de Dios a nosotros. Dios nos ama con un amor eterno, y ha establecido con nosotros una alianza nupcial. En el libro del Antiguo Testamento, Cantar de los Cantares leemos: “Yo duermo, pero mi corazón vela” (5,2). La vigilancia que pide el Evangelio no es de los ojos, sino del corazón.

El aceite es símbolo de la alegría y de la fiesta, representa las buenas obras. Hay que estar preparados para no oír la terrible respuesta de rechazo: “No les conozco”. Eso sería una tragedia. Esa dura respuesta nos recuerda el pasaje de Mateo 7,22s, cuando el Jesús dice que rechazará a los que lo aclaman como “Señor, Señor”, pero no cumplen la Voluntad del Padre. Quien vive la fe en las obras, se convierte en luz del mundo para toda la humanidad (cf. Mt 5,16).

 

NO SABEMOS, NI EL DÍA NI LA HORA

Una característica del discípulo es la perseverancia, la fidelidad de larga duración. El verdadero seguidor de Cristo no se mueve solamente de motivaciones pasajeras, por gustos momentáneos.  El discípulo es el que va cultivando un amor fuerte, profundo, duradero a Dios, y que se adhiere a los valores del Reino predicado por Jesús.

La parábola termina con una frase a no perder de vista: “Estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora”. Y esa advertencia cuánta vigencia tiene. La muerte, como paso previo, para encontrarnos en nuestro juicio particular, en cualquier momento puede llegar.

Por eso, pidamos por los sorprendidos a causa de las explosiones en San Cristóbal de las Casas (Chiapas), por los caídos en la lucha contra las enfermedades. Por quienes fenecieron en accidentes. Además, oremos  a Dios por los difuntos en la Iglesia Bautista de los Estados Unidos que perecieron en el tiroteo. Ese tipo de muertes se están volviendo frecuentes, como los asesinatos fruto de: la codicia, el poder, la venganza y la pasión. Estar preparados en todo momento, con el aceite de la fe y de las buenas obras bien provistos para estar en vigilante  y atenta espera del Señor que llega en el momento menos esperado.

Invoquemos, pues a la Virgen: Santa  María, virgen de la esperanza, danos de tu aceite, porque nuestras lámparas se apagan. Vuelve a encender nuestras almas de amor, para que exulten de alegría y gozo por la vida que Dios nos da.

 

¡Ya está aquí Jesús, salgamos a su encuentro!