jueves , 14 diciembre 2017
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Homilía, domingo 1 de febrero

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Sanación del endemoniado

En nuestro tiempo, como sucedió hace mucho en tiempos de Jesús, la preocupación social por los casos de posesión diabólica son llamativos y preocupantes. ¿Qué hacer ante esos casos, donde la ciencia médica no alcanza a dar una respuesta confortable?

Veamos, ahora la narración evangélica de san Marcos 1,21-28. Jesús acude a la sinagoga; al lugar donde se reúnen los creyentes normales del pueblo. Jesús aprovecha el sábado, día en que los fieles se reúnen para así enseñarles, como judío cumplidor, que tiene una palabra para el pueblo.

Dentro de la sinagoga se halla un hombre impuro, un endemoniado, que va en contra de todos los esfuerzos de separación y santidad que ha trazado el rabinismo judío, a partir del Código Legal de Pureza (cf. Lev 1-16).

Las mismas autoridades no advirtieron su presencia, de otra manera le habrían expulsado con inmediatez del lugar. Es una ironía de Marcos, pues ellos imponen con rigidez las leyes de pureza, pero no se percatan del verdadero impuro, el hombre dominado por Satanás.

Hay endemoniados en la sinagoga, porque los escribas son incapaces e impotentes para expulsarlos. El poder de su enseñanza no es tal. Ciertamente, ellos saben, son técnicos capaces de entender e interpretar las Escrituras al detallo, fijando sus sentido literario y precisando, en el mejor de los casos, algunas aplicaciones. Pero les falta el poder para cambiar al hombre; es decir, para encontrar y curar al poseído.

En la sinagoga discuten los ‘sabios’ de la Ley, y el poseso calla, dominado por su enfermedad, como aplastado por su misma sensación de desamparo y dependencia. El poseído parece ser una víctima incapaz de reaccionar para liberarse del yugo de la posesión.

Parece que todo está normal, hasta que llega Jesús. Los letrados callan, pero la gente sabe discernir. Se encuentran con Alguien que enseña, pero con autoridad. El demonio, él sí habla y presiente su destino: “¿Has venido a acabar con nosotros?” y reconoce la autoridad potente de Jesús: “Ya sé quien eres: el Santo de Dios”.

Al respecto comenta san Agustín: En los demonios había ciencia, pero no caridad.

El valor estriba: en quién y cómo enseña

Marcos no señala qué contenido tenía la enseñanza de Jesús. No le interesa. Sobre doctrinas y contenidos se pasaban las horas discutiendo entre los escribas, hasta el agotamiento. Sin lograr, empero, cambio alguno. Más que el contenido de la enseñanza, lo que vale es quién y cómo enseña. Este es el secreto: Jesús penetra con fuerza, como signo de curación y vida.

La novedad de la enseñanza de Jesús fractura esquemas añejados. Allí donde los hombres se encontraban dominados por sus tradiciones ancestrales (sinagoga), incapaces de cambiar, Jesús ha introducido su fuerte novedad al ofrecer el Reino. No se trata de decir, sino de hacer, cambiando a los demás.

Así, con este tipo de enseñanza, Jesús llega a los alejados, a los marginados, a los periféricos. Él actúa con la fuerza del Espíritu Santo (Mc 1,8). Por eso, puede expulsar a los espíritus malos.

Como también podemos leer en el Libro de los Hechos de los Apóstoles, aquí, los demonios son arrojados con el poder de Dios y no con métodos mágicos o con el recurso a medios materiales, como se apoyan ciertas prácticas de hechicería.

Satanás aparece como fuente y expresión de lo impuro; es decir, de aquello que destruye al hombre, impidiéndole vivir en libertad. Jesús, en cambio, viene a presentarse como “Santo de Dios”: libera a los que viven sometidos a impureza y enciende una luz de esperanza a los que no podían realizarse como humanos.


¡Felicidades a todos los consagrados en Campeche!