jueves , 14 diciembre 2017
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Homilía 18 de enero

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El cuerpo es para glorificar a Dios

La Segunda Lectura de este domingo nos invita a reflexionar en nuestra corporalidad. El ser humano es, en palabras de san Ireneo de Lyon, un cuerpo espiritualizado o un espíritu corporizado. Ambas realidades son conformantes del humano. Ambas deben ser armónicamente atendidas.

Pablo se dirige a un pueblo gentil (no judío). Corinto era un puerto de gran importancia comercial y económica. Allí confluían gentes de todo el mundo conocido. Diríamos, salvadas las diferencias, Corinto era un Cancún o un Puerto Vallarta.

Por eso, era común, por ejemplo entre los griegos, considerar la fornicación como algo indiferente o, incluso, lícito (cf. Hech 15,20). A los recién convertidos a la fe católica no les era fácil despojarse de esa mentalidad.

Pablo, en su mensaje, parte de frases muy difundidas entre los Corintios, como: “todo me es permitido” y “hay que comer y gozar bien, mientras se pueda”. Por eso, ellos consideraban la fornicación como una satisfacción legítima del cuerpo; como si fuese comer y beber.

San Pablo responde tajantemente. Asegura el Apóstol que el hombre fornicario se convierte en esclavo de la carne; y la esclavitud no es ningún ideal. El mensaje paulino resalta que el cuerpo está destinado a fines más altos que la mera nutrición o generación. Por eso, en virtud del valor imperecedero del cuerpo (cf. Rom 8,11; Flp 3,21), Pablo condena la fornicación.

También, él asevera que nuestro cuerpo es “templo del Espíritu Santo”, y con la fornicación profanamos ese templo. En fin, no nos pertenecemos a nosotros mismos. Hemos sido redimidos a muy alto precio. La redención y salvación nuestras han sido fincadas en la misma sangre (muerte) de Jesucristo. Por eso la perorata paulina: “Glorifiquen, pues, a Dios con el cuerpo”.

LA CASTIDAD, ¿ES POSIBLE?

Miguel Ángel Fuentes, en su obra: “La castidad ¿posible?” expone algunas consecuencias de la fornicación. Sólo anotamos algunas consecuencias en la psicología de la persona, sin aludir a los aspectos biológicos ni sociales.

Primero, crea temor, porque ese contacto se realiza, de ordinario, en la clandestinidad. Es el temor a ser descubiertos, temor a ser traicionados, temor a la fecundación, temor a la infamia social. Crea, además, un clima de sistemática sospecha de infidelidad.

Segundo, da excesiva importancia al goce sexual. Esto produce un detrimento en las otras dimensiones del amor: la afectiva y la espiritual. Esto se resiente en el noviazgo y, luego, en el matrimonio. Esa fijación frena el proceso de maduración emocional e intelectual.

Tercero, introduce desigualdad entre el varón y la mujer. No se puede negar que en las relaciones pre matrimoniales, quien lleva la peor parte es la mujer. Se vuelve ‘adicta’ al varón, y no puede decirle: “no”, por el temor a que la deje. Al volver con sus padres, le viene la angustia que ellos se enteren. Si queda embarazada, la tentación de ‘borrar’ todo con el aborto. Un dolor mayor para cubrir un sufrimiento previo.

Cuarto, sexualidad prematura, depresión e intento de suicidio. Este aspecto es poco abordado en los adolescentes. Psicólogos serios han demostrado que los adolescentes sexualmente activos son más proclives a deprimirse y a intentar suicidarse, porque ese tipo de vida les deteriora el bienestar emocional.

Concluyamos con las palabras del Salmo 39, similares a la respuesta del joven Samuel (1ª Lectura). Si somos creyentes en Dios, que nuestra mejor oración y jaculatoria sea: ¡Aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad!

¡Vivamos la fe en familia!