lunes , 23 octubre 2017
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Homilía 15 de febrero

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Compasión que reintegra

La lepra era una enfermedad espantosa, porque excluía de la comunión con la demás gente.

El leproso está expulsado de la comunidad. No puede vivir en la sociedad de los hombres (cf. Lev 13); por ende, no puede entrar en el pueblo, menos en la sinagoga. Por eso, el leproso busca a Jesús en su caminar por la región de Galilea. No duda en acercarse a Jesús.

El leproso se acerca a Jesús con un gesto de fe: “Si tu quieres, puedes curarme”. Jesús escucha su petición, se compadece, lo tocó con la mano y le dice: “¡Si quiero: sana!”.

Jesús aplica un principio jurídico a las leyes de segregación de los leprosos (era civil y religiosa, en tiempos de Jesús): Las leyes no son un absoluto soberano en sí mismas. Sólo obligan en cuanto están a favor del ser humano.

El leproso es sucio, en un sentido oficial. Es expulsado del espacio santo de su pueblo, como indica la exigencia posterior de presentarse a los sacerdotes para que le incluyan de nuevo entre los fieles (Lev 13).

La contraposición es clara. Los judíos, en base a la Ley, dividen, separan y organizan ritualmente a los hombres, expulsando a los sucios (pecadores) y reintegrando a los sanados. Pero, no pueden darles la sanación ni la limpieza.

Jesús, en cambio, reintegra al leproso separado y lo limpia de su mal. El Señor le manda, empero, que no divulgue el hecho, sino que vaya al sacerdote, según lo manda Moisés. Ese mandato de Jesús, dice el Evangelio de Marcos 1, 44 es para que conste y sirva como “testimonio para ellos”.

El leproso no es constreñido a abandonar su comunidad. Más bien, Jesús lo reintegra a su comunidad israelita. No pretende hacer competencia. No niega, tampoco, la autoridad de los dirigentes de Israel, ni les condena. Jesús se remite a curar al leproso, y le pide que vuelva de nuevo al espacio sagrado del que había sido expulsado por impuro.

Jesús rompe con una estructura injusta. El primer protagonista de esa ruptura es el mismo leproso curado.

EL CURADO SE VUELVE MISIONERO

Él no obedece a Jesús, pues no calla. Él va y proclama intensamente lo que ha hecho Jesús. No le importa ya la vieja Ley. Él es un hombre nuevo, que al igual que la suegra de Pedro (domingo pasado), se convierte en un mensajero (discípulo) de Jesús sobre la tierra.

Pero, ¿qué es lo que divulga el leproso? Él tiene mucho qué contar: el tiempo que lleva separado, el hambre que ha pasado, el frío que ha resistido, las ofensas que ha recibido, la exclusión que ha padecido, etc.

El texto griego nos da una respuesta (en la traducción de la Misa dice “el hecho”). Marcos señala que el leproso proclama tón lógon. Es un término importante, pues alude al mensaje-acción de la enseñanza de Jesús.

Este leproso se ha vuelto predicador mesiánico: es el primero de los evangelistas, por así llamarle; es decir, el primero que pone su vida al servicio de la nueva buena liberadora de Jesús.

La predicación del leproso es buena e impactante, a tal grado que Jesús tiene que esconderse, pues ya no podía entrar en las ciudades abiertamente, pues mucha gente acudía a Él.

Jesús se reserva, pues no quiere ser confundido con un milagrero, que busca el triunfo externo.

¡Aumentemos el amor de amistad familiar!